24 de junio de 2010

la fábula de la generosidad

En algún punto, a casi todas las personas, se les ofrece la posibilidad de sentirse generosas; desde cederle el asiento a esa menuda anciana con artritis hasta devolverle la billetera llena de dinero y documentos al caballero terrateniente de media pampa húmeda (para aquellos ladinos que suelen devolver sólo los documentos, este ejercicio no cuenta).
Ahora que tengo la oportunidad de viajar en tren, desde Urquiza hasta Ballester y de vuelta, me dedico simplemente a observar el paisaje, dominado casi en su totalidad por la miseria conurbana y los depósitos de chatarra aunque veteado del follaje característico que crece a la vera de las vías. En uno de mis tantos viajes, admiraba a través de la ventana un cielo muy despejado -fue una semana gris. Ello no me previno de la mano que, casi detrás de mí, se me ofrecía para estrecharla. "Alguna clase nueva de vendedor ambulante", me dije, "más personal, que te estrecha la mano, distinto en definitiva". Le di la mano con una engañada indiferencia y el muchacho me acercó un papel, un tanto gastado y doblado en una de sus puntas, cuyo texto, ortográficamente acorde y escrito en birome, indicaba su estado de indigencia y, por tanto, de la incapacidad para alimentar a sus nosécuántos hijos. Siguió la ronda por el resto del vagón, estrechando la mano a cuanto pasajero pudiera. El cielo estaba muy despejado, era un buen día y le entregué cincuenta centavos; pero sólo después, al irse, me asaltó esa sensación de generosidad porque uno no se siente generoso antes y durante el acto de generosidad, sino al cabo del mismo, como el alivio que le sigue al terminar un examen o la satisfacción de ver concluido algo que nos hace sentir orgullosos.
Allí donde uno siente generosidad, es el punto que nos diferencia de los generosos pues, hay que decirlo, ellos no sienten generosidad, no saben sentirla, no pueden sentirla, por el simple hecho de que no conocen otro sentimiento excepto ese. Tal vez, en un mal día, jamás le hubiese dado cincuenta centavos al muchacho indigente; en un mal día, eventualmente, se me ofrecerá la posibilidad de sentirme generoso y la desaprovecharé. Ellos, los generosos, no desaprovechan un mal día.