Atención al lector: el siguiente texto contiene spoilers de "El Guardián entre el Centeno"
No pocas veces, leyendo un libro, se me ha cruzado la reflexión: «¿De qué está hablando este tipo?», sobre todo en aquellos, un tanto arcaicos, un tanto barrocos, como la Divina Comedia o Fausto, en donde he debido forzar tanto el intelecto como el diccionario a fin de más o menos comprender pomposidades, simbolismos, metáforas y todo recurso a propósito dispuesto frente a mis ojos. Pues bien, El Cazador Oculto (la primera y correcta traducción de su título) o, El Guardián entre el Centeno (la última e inocua traducción), o The Catcher in The Rye (su título original) me llevó, capítulo tras capítulo a la anterior reflexión, sin recurrir al diccionario o al ejercicio intelectual, sino a observar en derredor de mi espacio de lectura, con los ojos desencajados, obligado a transitar ese conjunto de trivialidades propuesto por Salinger y asumir que, al final de todo, existiría un propósito para tan absurda y grotesca literatura. Bueno, lores y señores, hay un propósito en este libro aunque, el más inesperado, sorpresivo, abyecto. Enmascarado detrás de una supuesta rebeldía, el último párrafo revela la pieza de literatura más ponzoñosa que ha lanzado el siglo XX.
48 horas. Aproximadamente, ese es el tiempo que le dura a Holden Caulifield su pregunta, su duda, la pregunta a su misma existencia. Tras afirmar a lo largo y a lo ancho de las páginas, el «asco» por esta cosa o la «cochinada» que es ésta otra, tras encaminarse al núcleo del más grande cuestionamiento y entrar en contacto con todo tipo de vicisitudes, dentro de las cuales priman las más «bajas», las del lecho de la vida, como un proxeneta que lo golpea y le roba todo el dinero, llamar borracho a la casa de una querida, ser expulsado de su colegio, ser abusado y maltratado, sentirse una y otra vez «deprimido», golpearse una y otra vez contra la aparente realidad del mundo; tras todas estas cosas, reservadas para ciertas personas que han arribado a cierto punto del camino, se hacen ciertas preguntas y en consecuencia ejecutan ciertas acciones, y repito, reservadas para sujetos como Raskolnikov, Erdosain o cualquier protagonista de Hesse; tras todo este océano que le es deparado, vejada su humanidad toda, Holden Caulifield no ha podido siquiera rascar la superficie del fondo. Nada, nada en absoluto.
Endure, motherfucker, endure!
Las últimas líneas muestran a nuestro otrora intrépido y autodestructivo narrador, por naturaleza salvaje y dueño de un trágico sino -a menudo la crítica confunde esta efigie con «niñez», nada más lejos, nada más ridículo-, internado en un hospital, al cuidado ya de papi y mami, rodeado de psicólogos utilitaristas, sin ganas de hablar del «asco» ni de la «cochinada», enterrando todo pasado como un cadáver y, contrariándose a sí mismo, extrañando a los personajes que «odiaba» y afirmando sobre la nueva película de su hermano (ése gran escritor, talentoso y profundo, devenido en una prostituta al servicio de la industria hollywoodense): «Me resultó bastante afectada y superficial, pero la encontré muy linda». Las últimas líneas, en efecto, constituyen la glorificación del estilo de vida americano, la devastación absoluta ante cualquier respetada e incipiente luz de duda frente al mundo, el espíritu quebrado, la famosa transición «infancia/adultez», el inicio de una carrera con traje y corbata, a la postre adornada quizá por un cubículo. Su ingreso triunfal, homérico, a la obsecuencia, al acatamiento, a la esclavitud de una vida aún más gris que la anterior; su ingreso, en última instancia, al sistema. Y pensar que su único deseo era convertirse en el cazador, al borde del precipicio que lleva al sistema, oculto en el centeno, responsable de atrapar a cualquier niño que se aventurase a caer. Y pensar...
Holden Caulifield toma un acto cobarde, al que le seguirán toda una fila de actos cobardes que lo llevarán a una muerte «tranquila», de «viejo», de «estadounidense», como la de su autor. Podría llegar a leerse como una trágica derrota pero, se lee como una victoria final. Salinger nos apuñala en el momento que le dimos la espalda, nos traiciona con indiferencia, con despropósito o, mejor dicho, con la perpetuidad del propósito despropósito. Nos resulta lógico entonces, a nosotros los vejados, que en adelante este hombre no haya escrito nada más significativo, se haya vuelto un ermitaño y guardado para sí el resto de sus cavilaciones: ya había entrado al sistema, ¿para qué seguir escribiendo, con qué conflictos, con cuál propósito?
Endure, you bastard, just endure!
El hecho de que El Cazador Oculto haya estado entre los primeros diez libros más vendidos de la década del noventa cuarenta años después de su primera edición, y estudiado en secundarias y universidades, nos da un indicio, nos marca como época. Pues ésta, sin lugar a dudas, es una de las más iletradas, ignorantes, improductivas, enfermizas y decadentes. Más aún, una de las más moralistas, si entendemos a la «moral» de forma absoluta, es decir, una «inmoralidad»
Pero no hay perpetuidad del propósito despropósito. Mirad ahora, el hospital en el que está internado Holden Caulifield; el suelo ha comenzado a temblar, las paredes a resquebrajar. Todo por no durar.
Endure...
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19 de agosto de 2012
27 de junio de 2012
unasureños en el diván - la destitución de Fernando Lugo
Toda psicología parece repetirse a lo largo y a lo ancho de la humanidad. Pueden vislumbrase ejemplos en los barrios donde pulula la miseria, atestiguarse en las más altas esferas de cualquier círculo aristocrático: las reacciones ante determinado desconcierto o hecho inesperado suelen ser similares. Tomar refugio, de forma premeditada o permitirse un exabrupto efímero mas, tomar refugio al fin.
Es curioso observar las susodichas reacciones de los neo populistas gobernantes sudamericanos frente a la destitución del ex presidente paraguayo, Fernando Lugo, a quien la gracia de Dios lo ha hecho cabal defensor del pueblo frente a la soterránea tiranía que supo cómo arrebatarle sus pantuflas sin derramar una gota de sangre. ¿Dije bien? Sin derramar una gota de sangre. ¿Qué clase de animal bruto, enfermo y lleno de odio a sí mismo, como lo es sin lugar a dudas el partidario de ultra derecha promedio, devora sin dejar sobras?
Esta obra canturrea de otra manera, más sutil. Y aún así, sin explicarse ni los cómo ni los por qué, los neo populistas gobernantes (hoy aglomerándose con ese estilo porcino bajo la bandera de la UNASUR) declaman a los cuatro vientos que en la República del Paraguay, otra de las tantas naciones de índole provincial, ha habido un golpe de estado y, consecuentemente, su nuevo gobierno no será reconocido.
De hecho, las medidas tomadas contra Paraguay de los demás países se acercan más un efímero exabrupto que a un plan premeditado para condenar tales consecuencias. Y de haberlo sabido de antemano, ¿por qué tanto silencio? Si en verdad los neo populistas gobernantes de Sudamérica conocían dicha inminencia, ¿no era su deber prevenir, informar, tomar acción?
Asumamos en principio que los neo populistas gobernantes no lo sabían, eran ignotos -como suele ser su estirpe, de distraído y torpe para vigilar su trono, pero dotados de un inigualable timing para nutrir sus haciendas. La reacción me resulta evidente: refugio, miedo. No suenan en sus voces timbres elaborados, fingidos, actuados, sino palabras de temor y desconcierto; a través de esa tosca y ejercitada fachada, si uno ha entrenado bien el oído, se filtra, trémula, la incertidumbre.
Y al unísono chillaron: "¡Golpe de estado!" Y nadie ha visto tanques desfilar por las calles de Asunción, soldados o rebeldes sosteniendo armas de asalto, corridas en las calles, arrestos o, siquiera, la palabra que define en última instancia un golpe de estado: violencia.
Imagino que el chanchullo paraguayo tiene otro dueño.
Es curioso observar las susodichas reacciones de los neo populistas gobernantes sudamericanos frente a la destitución del ex presidente paraguayo, Fernando Lugo, a quien la gracia de Dios lo ha hecho cabal defensor del pueblo frente a la soterránea tiranía que supo cómo arrebatarle sus pantuflas sin derramar una gota de sangre. ¿Dije bien? Sin derramar una gota de sangre. ¿Qué clase de animal bruto, enfermo y lleno de odio a sí mismo, como lo es sin lugar a dudas el partidario de ultra derecha promedio, devora sin dejar sobras?
Esta obra canturrea de otra manera, más sutil. Y aún así, sin explicarse ni los cómo ni los por qué, los neo populistas gobernantes (hoy aglomerándose con ese estilo porcino bajo la bandera de la UNASUR) declaman a los cuatro vientos que en la República del Paraguay, otra de las tantas naciones de índole provincial, ha habido un golpe de estado y, consecuentemente, su nuevo gobierno no será reconocido.
De hecho, las medidas tomadas contra Paraguay de los demás países se acercan más un efímero exabrupto que a un plan premeditado para condenar tales consecuencias. Y de haberlo sabido de antemano, ¿por qué tanto silencio? Si en verdad los neo populistas gobernantes de Sudamérica conocían dicha inminencia, ¿no era su deber prevenir, informar, tomar acción?
Asumamos en principio que los neo populistas gobernantes no lo sabían, eran ignotos -como suele ser su estirpe, de distraído y torpe para vigilar su trono, pero dotados de un inigualable timing para nutrir sus haciendas. La reacción me resulta evidente: refugio, miedo. No suenan en sus voces timbres elaborados, fingidos, actuados, sino palabras de temor y desconcierto; a través de esa tosca y ejercitada fachada, si uno ha entrenado bien el oído, se filtra, trémula, la incertidumbre.
Y al unísono chillaron: "¡Golpe de estado!" Y nadie ha visto tanques desfilar por las calles de Asunción, soldados o rebeldes sosteniendo armas de asalto, corridas en las calles, arrestos o, siquiera, la palabra que define en última instancia un golpe de estado: violencia.
Imagino que el chanchullo paraguayo tiene otro dueño.
18 de marzo de 2012
kony 2012 - fuck kony - mi pequeño pony
El video comienza con esta frase: "Ahora mismo, hay más personas en Facebook que las que había en el planeta 200 años atrás". El video nos muestra que un tal Joseph Kony -uno y sólo uno- es responsable de la masacre de millones de personas durante el reinado de su "guerrilla-secta-o-vaya-a-saber-Ud-qué-cosa" y de esclavizar niños, todo esto en el territorio inhóspito de un país africano. A fin de hallarlo culpable más allá de toda evidencia, el relator somete a su hijo de no más de cinco años (rubiecito, cachetón, de sonrojadas mejillas y con un futuro predilecto en las artes de servir a sí mismo) a idenfiticar, mediante una fotografía, al malo de la película; lo introdujo a una habitación frente a una cámara, lo sentó y sobre la mesa expuso las fotos de dos negros -suponemos que para salvaguardar cualquier malentendido racial. Como una rueda de idenfiticación, el niño escoge la de Kony pues, la del otro, era un negro que ya conocía y jugaba con él.
Parecería que el documental encara hacia una sola persona. ¿Por qué? La explicación es terminante, absoluta e inexpugnable: porque Joseph Kony está primero en la lista de criminales de guerra del Tribunal de La Haya y porque -y este es el argumento más importante de todos- por algún lado hay que empezar. La consigna es tan sencilla, prístina y perturbadora, que nos muestra cómo ella cala en los veedores y los hace lagrimear; es tan astuta, humanitaria y altruista, que Angelina Jolie nos va a ayudar desde su cuenta de Twitter para ello; tan veraz, honrada y libertadora, que los senadores norteamericanos van a impedir esta locura a través de una invasión militar de sus fuerzas especiales para atrapar al malechor y prevenir futuras ofensas en el territorio. Su léitmotiv, 2012, parte a la mitad el número y, apunta 20 celebridades y 12 políticos, en cuyo renombre radica la esperanza de estas pobres masas maltratadas de Uganda. Dentro de éstos 12 políticos podemos hallar a George W. Bush y el actual presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, quienes, en menos de 10 años, han desatado más matanzas, dolor, miseria y oprobio que Kony, aún si éste viviera mil años más; descontando, claro está, los decretos firmados por los últimos, permitiendo a su propio país convertirse en un Estado de tintes dictatoriales.
Observar desde mi lugar la millonezca cantidad de reproducciones del documental en You Tube, junto con la euforia y algarabía del vulgo reservado a las redes sociales -similar, sin lugar a dudas, al aullido del vulgo norteamericano clamando sangre y venganza después del 9/11-, me ha dejado de provocar frustración e indignación. Sólo puedo reír ante semejante bravata, tanto más cerca de un episodio de Melrose Place que a un acontecimiento de la vida real; sólo puedo pensar en la estupidez o ignorancia, sea el caso, de la gente que se ha tragado esta mierdosa propaganda y se enorgullece -sí, es verdad- de ser partícipe o partidaria de ella.
«¡Vergüenza y eterna vergüenza, nada excepto vergüenza!», gritaba el Duque de Borbón, según Shakespeare (o Anónimo, según el revisionismo, ahora un tanto intempestivo), después de perder la batalla de Agincourt. Y yo chillo de la misma manera, aunque con otras palabras: 'Fuck Kony!'
Parecería que el documental encara hacia una sola persona. ¿Por qué? La explicación es terminante, absoluta e inexpugnable: porque Joseph Kony está primero en la lista de criminales de guerra del Tribunal de La Haya y porque -y este es el argumento más importante de todos- por algún lado hay que empezar. La consigna es tan sencilla, prístina y perturbadora, que nos muestra cómo ella cala en los veedores y los hace lagrimear; es tan astuta, humanitaria y altruista, que Angelina Jolie nos va a ayudar desde su cuenta de Twitter para ello; tan veraz, honrada y libertadora, que los senadores norteamericanos van a impedir esta locura a través de una invasión militar de sus fuerzas especiales para atrapar al malechor y prevenir futuras ofensas en el territorio. Su léitmotiv, 2012, parte a la mitad el número y, apunta 20 celebridades y 12 políticos, en cuyo renombre radica la esperanza de estas pobres masas maltratadas de Uganda. Dentro de éstos 12 políticos podemos hallar a George W. Bush y el actual presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, quienes, en menos de 10 años, han desatado más matanzas, dolor, miseria y oprobio que Kony, aún si éste viviera mil años más; descontando, claro está, los decretos firmados por los últimos, permitiendo a su propio país convertirse en un Estado de tintes dictatoriales.
Observar desde mi lugar la millonezca cantidad de reproducciones del documental en You Tube, junto con la euforia y algarabía del vulgo reservado a las redes sociales -similar, sin lugar a dudas, al aullido del vulgo norteamericano clamando sangre y venganza después del 9/11-, me ha dejado de provocar frustración e indignación. Sólo puedo reír ante semejante bravata, tanto más cerca de un episodio de Melrose Place que a un acontecimiento de la vida real; sólo puedo pensar en la estupidez o ignorancia, sea el caso, de la gente que se ha tragado esta mierdosa propaganda y se enorgullece -sí, es verdad- de ser partícipe o partidaria de ella.
«¡Vergüenza y eterna vergüenza, nada excepto vergüenza!», gritaba el Duque de Borbón, según Shakespeare (o Anónimo, según el revisionismo, ahora un tanto intempestivo), después de perder la batalla de Agincourt. Y yo chillo de la misma manera, aunque con otras palabras: 'Fuck Kony!'
23 de octubre de 2011
ganó cristina o las desventuras de un argentino vacío y sin sentido
Hoy no fui a votar. ¿Acaso mis principios me lo han impedido, o un sentimiento de desgano y apolítico? ¿He perdido mi DNI, o simplemente estaba demasiado enfermo? Ninguna de esas cosas. Me dio paja, a decir verdad. Mi voto -y el de todos- sigue siendo tanto inútil como cómplice.
Unos cuantos terrenos con fronteras e instituciones que claman su autonomía es la definición exacta de una nación. Podríamos ingresar en el tedioso bagaje de entrar en detalles y explayar a fondo las ramificaciones de esta llamada «nación» pero, terminaríamos discutiendo no acerca de su funcionalidad, sino de su alta falibilidad.
Hace un tiempo ingresé a una de esas famosas redes sociales y comenté, respetuosa y someramente, cierta falibilidad del gobierno de turno. A cambio recibí una respuesta bien expedita: "Vos sos un gorila". De pronto, todos los rumores de que no se podía debatir con la retórica del kirchnerismo se volvieron realidad. Sentirlo en carne propia es de igual manera suculento y alarmante. A su modo (no queriendo), los medios opositores tenían algo de razón, en tanto los pregoneros oficialistas han estado imitando a su abeja reina con su clamor tóxico y demagogo.
Y mientras el mundo se cae a pedazos, y los países árabes de pronto y sin razón aparente comienzan a voltear a sus avezados dictadores, y a la otrora inexpugnable Europa se la ve astillarse desde adentro, y la tez rojiza de los yankis empieza a palidecer ante los indicios de default, y mientras paulatinamente Cristina y Macri van tocándose sus traseros tal como lo hicieran unos recién iniciados tortolitos, a nosotros nos están por aplicar el coup de grâce.
Gente, bienvenidos a Legolandia.
Unos cuantos terrenos con fronteras e instituciones que claman su autonomía es la definición exacta de una nación. Podríamos ingresar en el tedioso bagaje de entrar en detalles y explayar a fondo las ramificaciones de esta llamada «nación» pero, terminaríamos discutiendo no acerca de su funcionalidad, sino de su alta falibilidad.
Hace un tiempo ingresé a una de esas famosas redes sociales y comenté, respetuosa y someramente, cierta falibilidad del gobierno de turno. A cambio recibí una respuesta bien expedita: "Vos sos un gorila". De pronto, todos los rumores de que no se podía debatir con la retórica del kirchnerismo se volvieron realidad. Sentirlo en carne propia es de igual manera suculento y alarmante. A su modo (no queriendo), los medios opositores tenían algo de razón, en tanto los pregoneros oficialistas han estado imitando a su abeja reina con su clamor tóxico y demagogo.
Y mientras el mundo se cae a pedazos, y los países árabes de pronto y sin razón aparente comienzan a voltear a sus avezados dictadores, y a la otrora inexpugnable Europa se la ve astillarse desde adentro, y la tez rojiza de los yankis empieza a palidecer ante los indicios de default, y mientras paulatinamente Cristina y Macri van tocándose sus traseros tal como lo hicieran unos recién iniciados tortolitos, a nosotros nos están por aplicar el coup de grâce.
Gente, bienvenidos a Legolandia.
1 de octubre de 2011
el fin de los medios, el fin del primer mundo, ¿el fin?
Hace poco más de quince días, salía de mi trabajo y, mientras doblaba por el recodo de la esquina, dos personas entablaban una conversación, de la cual se vertieron unas palabras que encontraron mi oído: «Nos estamos poniendo contra la pared». Mi acto instintivo, mi respuesta interna, mi frase sin voz: «En efecto, amigo», al margen de ignorar por completo su contexto.
¿Por qué esa afirmación tan inmediata, tan asertiva e inequívoca? No existen causas inmediatas a los males del mundo, ni culpables con necesidad de expiar; pero sí la ventrílocua tarea de sentirnos acorralados, de espaldas a la cerca, en un lodazal.
Un ejemplo claro es el renombrado "Caso Candela", cuya casa no queda a más de 400 metros de la mía y, sin embargo, para mí es un rostro en la televisión, una bolsa negra sobre la acera, una mediática formación de lo que solía ser y el indiferente hecho de lo que es. La madre y sus orígenes dudosos; el padre que está en cana; una banda de piratas del asfalto; una banda de narcotraficantes; un barrio más conmovido por el miedo aburguesado de sus prominentes habitantes que por una genuina preocupación; periodistas a la vera, junto a sus relampagueantes cámaras, recolectando patrañas como camiones de basura para luego escupirlas al televidente a las siete de la tarde; hienas con banderas políticas aguardando una entrada triunfal que no pudo ser. A 400 metros se erige aún la casa de Candela y, sobre sus blancas paredes, cuelgan ruinas de los carteles que desesperadamente clamaban su aparición; y puedo caminar frente a esa casa, mirarla con detenimiento, percibir nada excepto desengaño, burla y otra afirmación inequívoca: «Qué al pedo»
Testigo privilegiado es aquél que en el 2001 decidió huir con el rabo entre las patas hacia alguna frontera primermundista que lo acoja. Y diez años más tarde, también con el rabo entre las patas, retorna a sus orígenes tercermundistas habiendo recogido una fructífera experiencia como lavacopas o lavainodoros (alguien tenía que limpiar la mierda de los europeos). ¿Significa ahora que los europeos lavarán nuestra mierda? Imposible adivinarlo. La mierda ha inundado todas las ciudades del mundo y uno debe preguntarse quién de todos nosotros se encargará de limpiarla. ¿O acaso seguimos persiguiendo afanosamente el welfare? Abundan en internet ahora las teorías financieras acerca del dinero, de su inutilidad, de su creación más poética que práctica; un caudal de información casi ilimitado nos ofrece la oportunidad de aprender de dónde proviene y a quiénes realmente beneficia. Pero, momento, ¡todos lo sabíamos de antes! El rico se hace más rico a costa del pobre; milenario flujo de marea, faraónico y romano, combatido únicamente a la manera mecedónica. Ya no se trata del rico contra el pobre, de la lucha de clases, de capital e industria. Esta es una batalla del estúpido contra el inteligente -si sois de los primeros, seguid pues en el vacuo caminillo hacia el welfare.
¿Hemos ingresado en las etapas finales de nuestro mundo tal como lo conocemos? No tengo la más puta idea. Mi trabajo diurno es cerciorarme de que a los estúpidos les cobren plata por las boludeces que descargan en sus celulares de alta gama. Y mi viejo (oficialista él) tuvo la osadía de cuestionarme el otro día: «Vos decís mucho, pero no hacés nada». Tras lo cual respondí: «Yo no actúo, no es mi naturaleza actuar. Es simplemente mirar y señalar dónde ir y dónde no ir. Eso ya de por sí, es bastante difícil». Hemos ingresado en las etapas finales, no de nuestro mundo, sino de nuestras mentes.
¿Por qué esa afirmación tan inmediata, tan asertiva e inequívoca? No existen causas inmediatas a los males del mundo, ni culpables con necesidad de expiar; pero sí la ventrílocua tarea de sentirnos acorralados, de espaldas a la cerca, en un lodazal.
Un ejemplo claro es el renombrado "Caso Candela", cuya casa no queda a más de 400 metros de la mía y, sin embargo, para mí es un rostro en la televisión, una bolsa negra sobre la acera, una mediática formación de lo que solía ser y el indiferente hecho de lo que es. La madre y sus orígenes dudosos; el padre que está en cana; una banda de piratas del asfalto; una banda de narcotraficantes; un barrio más conmovido por el miedo aburguesado de sus prominentes habitantes que por una genuina preocupación; periodistas a la vera, junto a sus relampagueantes cámaras, recolectando patrañas como camiones de basura para luego escupirlas al televidente a las siete de la tarde; hienas con banderas políticas aguardando una entrada triunfal que no pudo ser. A 400 metros se erige aún la casa de Candela y, sobre sus blancas paredes, cuelgan ruinas de los carteles que desesperadamente clamaban su aparición; y puedo caminar frente a esa casa, mirarla con detenimiento, percibir nada excepto desengaño, burla y otra afirmación inequívoca: «Qué al pedo»
Testigo privilegiado es aquél que en el 2001 decidió huir con el rabo entre las patas hacia alguna frontera primermundista que lo acoja. Y diez años más tarde, también con el rabo entre las patas, retorna a sus orígenes tercermundistas habiendo recogido una fructífera experiencia como lavacopas o lavainodoros (alguien tenía que limpiar la mierda de los europeos). ¿Significa ahora que los europeos lavarán nuestra mierda? Imposible adivinarlo. La mierda ha inundado todas las ciudades del mundo y uno debe preguntarse quién de todos nosotros se encargará de limpiarla. ¿O acaso seguimos persiguiendo afanosamente el welfare? Abundan en internet ahora las teorías financieras acerca del dinero, de su inutilidad, de su creación más poética que práctica; un caudal de información casi ilimitado nos ofrece la oportunidad de aprender de dónde proviene y a quiénes realmente beneficia. Pero, momento, ¡todos lo sabíamos de antes! El rico se hace más rico a costa del pobre; milenario flujo de marea, faraónico y romano, combatido únicamente a la manera mecedónica. Ya no se trata del rico contra el pobre, de la lucha de clases, de capital e industria. Esta es una batalla del estúpido contra el inteligente -si sois de los primeros, seguid pues en el vacuo caminillo hacia el welfare.
¿Hemos ingresado en las etapas finales de nuestro mundo tal como lo conocemos? No tengo la más puta idea. Mi trabajo diurno es cerciorarme de que a los estúpidos les cobren plata por las boludeces que descargan en sus celulares de alta gama. Y mi viejo (oficialista él) tuvo la osadía de cuestionarme el otro día: «Vos decís mucho, pero no hacés nada». Tras lo cual respondí: «Yo no actúo, no es mi naturaleza actuar. Es simplemente mirar y señalar dónde ir y dónde no ir. Eso ya de por sí, es bastante difícil». Hemos ingresado en las etapas finales, no de nuestro mundo, sino de nuestras mentes.
21 de julio de 2011
ganó macri o las desventuras de un porteño vacío y sin sentido
Mauricio Macri ha ganado la primera vuelta con el 47% de los votos. Eso dice mucho. Dice que el 47% de los porteños es desconsiderado, que al 47% de ellos no le importa la persona de junto. El 47% de las personas de la Capital Federal no desea ninguna alteración en absoluto, no quiere que su pequeña y aburguesada vida cambie en lo más mínimo. Frente a sus puertas, yace esta maceta sobre cuya tierra se alza una planta, menuda y frágil, expuesta pocas veces al sol: Hesse advertía sobre la planta frente a los vanos de esta gente intransigente, cómo se empeñaban en que nada ni nadie la moviera de lugar. Eso es el 47% de los porteños, absurdos como ellos solos, vanagloriados por la mera casualidad de vivir allí y satisfechos al ingresar a una urna, votar por el candidato más decadente y retornar a sus casas con la impasibilidad de un sepulturero.
También hay ballotage. Y es que el 27% de los porteños ha sido engatusado, porque no pocos nos hemos tragado la patraña del “gobierno nacional y popular” o las antiguas premisas del peronismo cincuentoso. Hemos ingresado a una nueva era de fetichismo, donde la figura es más importante que su acción, una idólatra afrenta incapaz de pasar desapercibida a los ojos del Dios hebreo. Filmus actúa como una adyacencia más de la figura, del fetiche y de la nueva prerrogativa discursiva tan expedita en nuestros alrededores. Es un ballotage en donde la llamada “democracia” muestra el mejor resultado de su futilidad, la fea cara de nuestros representantes y las penosas virtudes de los votantes.
Al margen de ello y si bien Fito Páez aúna una terrible escasez de talento, no se comprende la razón para vituperarlo ante la única frase inteligente que ha sabido decir. Ciertamente, la mitad de Buenos Aires es repugnante. Y quienes han criticado el aforismo poseen los motivos suficientes para sentirse identificados.
La próxima vez, votemos lista “Mea Culpa, soy un tonto ciudadano”
También hay ballotage. Y es que el 27% de los porteños ha sido engatusado, porque no pocos nos hemos tragado la patraña del “gobierno nacional y popular” o las antiguas premisas del peronismo cincuentoso. Hemos ingresado a una nueva era de fetichismo, donde la figura es más importante que su acción, una idólatra afrenta incapaz de pasar desapercibida a los ojos del Dios hebreo. Filmus actúa como una adyacencia más de la figura, del fetiche y de la nueva prerrogativa discursiva tan expedita en nuestros alrededores. Es un ballotage en donde la llamada “democracia” muestra el mejor resultado de su futilidad, la fea cara de nuestros representantes y las penosas virtudes de los votantes.
Al margen de ello y si bien Fito Páez aúna una terrible escasez de talento, no se comprende la razón para vituperarlo ante la única frase inteligente que ha sabido decir. Ciertamente, la mitad de Buenos Aires es repugnante. Y quienes han criticado el aforismo poseen los motivos suficientes para sentirse identificados.
La próxima vez, votemos lista “Mea Culpa, soy un tonto ciudadano”
1 de julio de 2011
apophthegma nro 19
Cuando le preguntan al célebre escritor estadounidense William Burroughs, qué opina acerca de los conflictos políticos, responde -a mi juicio- con la mejor analogía política hasta ahora concebida:
Más tarde agregaría que este mecanismo no podría durar mucho más, mucha gente, decía él, está despertando. Cincuenta años después de estas palabras, seguimos cargando, cuernos a la cabeza, contra la capa del torero. Y lo único que se logra escuchar es el olé, olé, olé.
20 de junio de 2011
26 de marzo de 2011
creer o reventar
Me pregunto si el campesinado del feudalismo se veía atrapado y suspicaz de todo lo que le rodeaba, siempre y cuando esos pensamientos se hubiesen desarrollado dentro de una esfera laica, y no al cabo de visitar a la autoridad religiosa de la comarca, confesarse frente a él y luego persignarse a guisa de penintencia. Me pregunto si hesitaba de su condición de campesino, si dudaba en agarrar el rastrillo a la hora en que su señor lo llamaba a la guerra, aún consciente que de no hacerlo se vería desterrado de sus propias tierras. Pero el campesino no era un hombre letrado, reflexivo y, de serlo, no entraba en discusión consigo mismo o con otros; ante todo, existía la urgencia de sembrar los campos, cuidar de su familia y no contradecir, bajo ninguna circunstancia, a su maestro. Por tanto, si debemos señalar cuestionamientos existenciales en la época feudal, es necesario redirigir la atención hacia las momificadas plumas de los monasterios y, más tarde en la historia oficial, dentro del naciente grupo de mercaderes y comerciantes. Pues, entonces, la pregunta es inevitable: ¿cuál es el uso práctico de un campesinado letrado y relfexivo?
No es nueva la noción (y, en ocasiones, la sensación) de que el mundo entero, en cualquier momento, se va a venir abajo. Esas visiones apocalípticas nos tocan el hombro al percibir la fragilidad del hombre frente a entes artificiales como la guerra o, incluso, frente a los de índole "en apariencia" natural como los terremotos, tsunamis, etc. Si se logra escapar de los canales habituales de información y recurre a internet en busca de alguna respuesta, se topa con una infinidad de teorías especulativas, opiniones de "periodistas", periodistas independientes, videos trucados con After Effect, hasta encontrar personas que se ganan la vida aseverando que el Príncipe Carlos es un reptil del espacio exterior y cuya misión es dominar al mundo. Sin embargo, aunque resulte difícil atravesar toda esa marejada de alambres oxidados y bocas que lamerían el suelo al módico precio de dos pesos, si se persiste obstinadamente en la búsqueda, y se ejercitan los métodos para discernir entre lunáticos y fraudes con aquellos que no parecen serlo, de tener suerte podrá hallar algún resquicio de veracidad, apelando por supuesto a cierto "sentido común".
De esta manera, alguno podrá conocer -por así decirlo. Multinacionales como Monsanto adueñándose a nivel global de toda forma de alimento, contaminando cosechas milenarias como las del choclo en México o enfermando las plantaciones algodoneras de la India, causando suicidios masivos entre los granjeros que, incapaces de cubrir los gastos, se ven forzados a pedir préstamos y de nuevo perderlo todo. Por demás está mencionar cuán inocua e infantil resulta la imagen de Bill Gates, aquel monpólico por excelencia, si se la compara con la de estas bestias engullidoras, prototipos cabales, casi prístinos, del libre mercado y del libre albedrío. También podrá ilustrarse sobre HAARP (High Frequency Active Auroral Research Program), una investigación que respondería a los sistemas de defensa por entonces requeridos a través del proyecto Star Wars de Reagan y que, consecuentemente, derivó en lo que algunos científicos creen una nueva arma de escalada militar permitiendo, entre otras cosas, modificar el clima y, de acuerdo a los más arriesgados, provocar terremotos o movimientos sísmicos, con la extraordinaria ventaja de no dejar rastros, lo cual sería imposible para el atacado determinar si lo fue en absoluto. El nivel de credibilidad entre una situación de abuso corporativo y un arma de destrucción masiva con ínfimas posibilidades de ser rastreada varían enormemente, a excepción del segundo caso, donde existe evidencia tangible de que la patente del "Rayo Mortal" fue adquirida por Eastlund, uno de los arquitectos del proyecto Star Wars; el "Rayo Mortal" suponía en principio un láser de alto poder destructivo y su inventor, el genio más oscurecido y menos famoso de la historia, Nicola Tesla.
Se deja por sentado que el poder de imaginación queda en manos del criterio de cada uno, la información no es única e inequívoca y, aún peor, cualquier balancín se inclinaría en favor de una inferencia paranoica a una evidente deducción. Lo que no se deja por sentado es esto: así como el campesinado era obligado a guerrear a fin de no morirse de hambre, el hombre posmoderno es obligado a trabajar. Y mientras las migajas de los campesinos modernos se hacen cada vez más pequeñas, no puedo evitar pensar en los reyes de hoy, indignos de su corona, oprobios de nuestros ancestros, en el terrible error de confundir simples campesinos con hordas de verdaderos reyes, intelectuales, guerreros, aristócratas y cortesanos, mercaderes, inventores... No puedo evitar imaginármelos, presos de su lujo, presos de su poder, trémulos frente a estas hordas que, en cualquier momento, dirigirán su mirada hacia ellos y, ¡alabado!, terminen con la cabeza en una estaca.
No es nueva la noción (y, en ocasiones, la sensación) de que el mundo entero, en cualquier momento, se va a venir abajo. Esas visiones apocalípticas nos tocan el hombro al percibir la fragilidad del hombre frente a entes artificiales como la guerra o, incluso, frente a los de índole "en apariencia" natural como los terremotos, tsunamis, etc. Si se logra escapar de los canales habituales de información y recurre a internet en busca de alguna respuesta, se topa con una infinidad de teorías especulativas, opiniones de "periodistas", periodistas independientes, videos trucados con After Effect, hasta encontrar personas que se ganan la vida aseverando que el Príncipe Carlos es un reptil del espacio exterior y cuya misión es dominar al mundo. Sin embargo, aunque resulte difícil atravesar toda esa marejada de alambres oxidados y bocas que lamerían el suelo al módico precio de dos pesos, si se persiste obstinadamente en la búsqueda, y se ejercitan los métodos para discernir entre lunáticos y fraudes con aquellos que no parecen serlo, de tener suerte podrá hallar algún resquicio de veracidad, apelando por supuesto a cierto "sentido común".
De esta manera, alguno podrá conocer -por así decirlo. Multinacionales como Monsanto adueñándose a nivel global de toda forma de alimento, contaminando cosechas milenarias como las del choclo en México o enfermando las plantaciones algodoneras de la India, causando suicidios masivos entre los granjeros que, incapaces de cubrir los gastos, se ven forzados a pedir préstamos y de nuevo perderlo todo. Por demás está mencionar cuán inocua e infantil resulta la imagen de Bill Gates, aquel monpólico por excelencia, si se la compara con la de estas bestias engullidoras, prototipos cabales, casi prístinos, del libre mercado y del libre albedrío. También podrá ilustrarse sobre HAARP (High Frequency Active Auroral Research Program), una investigación que respondería a los sistemas de defensa por entonces requeridos a través del proyecto Star Wars de Reagan y que, consecuentemente, derivó en lo que algunos científicos creen una nueva arma de escalada militar permitiendo, entre otras cosas, modificar el clima y, de acuerdo a los más arriesgados, provocar terremotos o movimientos sísmicos, con la extraordinaria ventaja de no dejar rastros, lo cual sería imposible para el atacado determinar si lo fue en absoluto. El nivel de credibilidad entre una situación de abuso corporativo y un arma de destrucción masiva con ínfimas posibilidades de ser rastreada varían enormemente, a excepción del segundo caso, donde existe evidencia tangible de que la patente del "Rayo Mortal" fue adquirida por Eastlund, uno de los arquitectos del proyecto Star Wars; el "Rayo Mortal" suponía en principio un láser de alto poder destructivo y su inventor, el genio más oscurecido y menos famoso de la historia, Nicola Tesla.
Se deja por sentado que el poder de imaginación queda en manos del criterio de cada uno, la información no es única e inequívoca y, aún peor, cualquier balancín se inclinaría en favor de una inferencia paranoica a una evidente deducción. Lo que no se deja por sentado es esto: así como el campesinado era obligado a guerrear a fin de no morirse de hambre, el hombre posmoderno es obligado a trabajar. Y mientras las migajas de los campesinos modernos se hacen cada vez más pequeñas, no puedo evitar pensar en los reyes de hoy, indignos de su corona, oprobios de nuestros ancestros, en el terrible error de confundir simples campesinos con hordas de verdaderos reyes, intelectuales, guerreros, aristócratas y cortesanos, mercaderes, inventores... No puedo evitar imaginármelos, presos de su lujo, presos de su poder, trémulos frente a estas hordas que, en cualquier momento, dirigirán su mirada hacia ellos y, ¡alabado!, terminen con la cabeza en una estaca.
28 de noviembre de 2010
8 de noviembre de 2010
odas al pingüino, peras al olmo
Demasiadas pompas las que despidieron a Néstor Kirchner, fueran merecidas o no. Aquellos que fueron por el simbolismo político, deberían conocer la primer premisa de todo funcionario de estado: la conservación de su poder. No es algo que un político pueda elegir u optar; el sistema lo lleva alienado desde el amanecer de la democracia ateniense, el primer bastión de esta clase de pensamiento, en donde la perseverancia de las instituciones exceden a las del pueblo. Si un funcionario antepusiera esta premisa a las órdenes y el servicio de la gente, sencillamente no podría gobernar; o renunciaría, o sería derrocado, o asesinado, o inculpado, o... usen su imaginación.
Entonces, ¿por qué fue tanta gente? ¿Por qué tanto ruido? La respuesta se encuentra en el vientre socioeconómico de la última década; con el modelo neoliberal de saqueo derritiéndose, el default azuzando las cacerolas de la clase media y la profunda crisis de inesatabilidad social, la Argentina del año 2001 escupió fuego sobre sus funcionarios de turno que tomaron su premisa demasiado a pecho. De esta manera asume Duhalde como presidente quien, aleccionado en las artes del peronismo noventoso y, por supuesto, menemista, procura crear un ambiente de balance y «conciliación», cuyo único propósito consistía en perpetuar la inercia de corrupción y negligencia política con un poco más de disimulo. Su fracaso no sólo llamaría a elecciones anticipadas, también se llevaría a dos piqueteros asesinados, una tapa de Clarín que lo encubriría y al modelo de país.
Era, por entonces el año 2003, un año ideal para el que hiciera las cosas medianamente bien, pues a la Argentina no le era posible empeorar; algún incrédulo dirá: "¿Empeorar? Siempre se puede empeorar. Imaginate si los militares hubiesen subido al poder de vuelta". Pero este incrédulo sufre de anemia histórica, en virtud de que ningún militar ha asestado un golpe de estado si no tuviera algo que robar en el proceso. Kirchner juega sus cartas casi a la perfección, lidiando primero con los parásitos extranjeros del FMI, devaluando la moneda a un ritmo sin traumas pero, sobre todo, alterando el modelo de país que reactivaba los sectores industriales más importantes a tiempo que restringía las importaciones que los arruinaron. Redistribuyó los ingresos con algo más de osadía que sus antecesores y respondió a medias el llamado de justicia que venían profiriendo las Madres; se requirió astucia y no coraje para bajar los cuadros en el Colegio Militar.
En silencio pero inexorable, la incipiente ola opositora (comandada por algunos sectores concentrados de dinero) dejó en evidencia las falencias del gobierno de Cristina, activando los organismos de control del campo quienes supieron actuar un drama que las cámaras de TN llevarían a nuestros televisores. Este incidente acontecido en el 2008, le valió al oficialismo la derrota en las elecciones legislativas del año siguiente. Es en este momento donde se produce el quiebre entre una gestión de gobierno común y corriente, y una demagogia militante.
Con el banderín de un "gobierno popular" y conceptos capciosos como "inclusión social", la estrategia de Cristina se movilizó ingeniosamente hacia el plano mediático, donde programas televisivos como "6-7-8" y más tarde, de la misma productora, "TVr" comenzaron a resquebrajar con buenos argumentos la máscara de yeso con la que los medios de comunicación suelen lisonjear a las mentes aburguesadas y tinellistas. El análisis crítico, junto con un discurso tendenciosamente progresista, le sirvió a la brevedad como una plataforma de opinión social que justificaría todas las acciones de gobierno con gran ayuda, claro está, de una oposición tan inepta como retrógrada. La demonización de Clarín, aunque explotada por el oficialismo, no deja de ser cierta: Clarín es demoníaco. Es, por tanto, que vemos en la actualidad a Galende repitiendo como un loro "medios hegemónicos", "grandes medios" y "ley de democratización de medios" con la misma frecuencia que emplean los periodistas de TN. La voz de esperanza y fraternidad que pregonaba Sandra Russo se fue diluyendo paulatinamente hacia un chirrido molesto, reiterativo y superficial. El archivo de la productora, el motor que impulsa este tipo de programas y que los hace en consecuencia exitosos, pasó de ser incriminatorio a meramente circunstancial.
En una entrevista, casualmente en el programa "6-7-8", cuando aún lo conducía María Julia Oliván, Orlando Barone le preguntó a Néstor Kirchner por qué había nombrado a Martín Redrado como presidente del Banco Central, qué tendría de malo poner a un morocho al frente. Kirchner respondió algo así: "En la política hay tiempos y tiempos", que no es otra cosa que referirse al viejo y querido "oportunismo político" que Joseph Fouché supo inscribir en todos los diccionarios etimológicos desde la Revolución Francesa hasta la actualidad.
Sin dudas, la figura de Néstor Kirchner ha repercutido en los cimientos de la política argentina y probablemente cambie el modo de hacerla definitivamente. Pero debemos hacernos recordar, como lo hacían los griegos, de que los héroes mueren trágicamente, en silencio y en soledad.
Entonces, ¿por qué fue tanta gente? ¿Por qué tanto ruido? La respuesta se encuentra en el vientre socioeconómico de la última década; con el modelo neoliberal de saqueo derritiéndose, el default azuzando las cacerolas de la clase media y la profunda crisis de inesatabilidad social, la Argentina del año 2001 escupió fuego sobre sus funcionarios de turno que tomaron su premisa demasiado a pecho. De esta manera asume Duhalde como presidente quien, aleccionado en las artes del peronismo noventoso y, por supuesto, menemista, procura crear un ambiente de balance y «conciliación», cuyo único propósito consistía en perpetuar la inercia de corrupción y negligencia política con un poco más de disimulo. Su fracaso no sólo llamaría a elecciones anticipadas, también se llevaría a dos piqueteros asesinados, una tapa de Clarín que lo encubriría y al modelo de país.
Era, por entonces el año 2003, un año ideal para el que hiciera las cosas medianamente bien, pues a la Argentina no le era posible empeorar; algún incrédulo dirá: "¿Empeorar? Siempre se puede empeorar. Imaginate si los militares hubiesen subido al poder de vuelta". Pero este incrédulo sufre de anemia histórica, en virtud de que ningún militar ha asestado un golpe de estado si no tuviera algo que robar en el proceso. Kirchner juega sus cartas casi a la perfección, lidiando primero con los parásitos extranjeros del FMI, devaluando la moneda a un ritmo sin traumas pero, sobre todo, alterando el modelo de país que reactivaba los sectores industriales más importantes a tiempo que restringía las importaciones que los arruinaron. Redistribuyó los ingresos con algo más de osadía que sus antecesores y respondió a medias el llamado de justicia que venían profiriendo las Madres; se requirió astucia y no coraje para bajar los cuadros en el Colegio Militar.
En silencio pero inexorable, la incipiente ola opositora (comandada por algunos sectores concentrados de dinero) dejó en evidencia las falencias del gobierno de Cristina, activando los organismos de control del campo quienes supieron actuar un drama que las cámaras de TN llevarían a nuestros televisores. Este incidente acontecido en el 2008, le valió al oficialismo la derrota en las elecciones legislativas del año siguiente. Es en este momento donde se produce el quiebre entre una gestión de gobierno común y corriente, y una demagogia militante.
Con el banderín de un "gobierno popular" y conceptos capciosos como "inclusión social", la estrategia de Cristina se movilizó ingeniosamente hacia el plano mediático, donde programas televisivos como "6-7-8" y más tarde, de la misma productora, "TVr" comenzaron a resquebrajar con buenos argumentos la máscara de yeso con la que los medios de comunicación suelen lisonjear a las mentes aburguesadas y tinellistas. El análisis crítico, junto con un discurso tendenciosamente progresista, le sirvió a la brevedad como una plataforma de opinión social que justificaría todas las acciones de gobierno con gran ayuda, claro está, de una oposición tan inepta como retrógrada. La demonización de Clarín, aunque explotada por el oficialismo, no deja de ser cierta: Clarín es demoníaco. Es, por tanto, que vemos en la actualidad a Galende repitiendo como un loro "medios hegemónicos", "grandes medios" y "ley de democratización de medios" con la misma frecuencia que emplean los periodistas de TN. La voz de esperanza y fraternidad que pregonaba Sandra Russo se fue diluyendo paulatinamente hacia un chirrido molesto, reiterativo y superficial. El archivo de la productora, el motor que impulsa este tipo de programas y que los hace en consecuencia exitosos, pasó de ser incriminatorio a meramente circunstancial.
En una entrevista, casualmente en el programa "6-7-8", cuando aún lo conducía María Julia Oliván, Orlando Barone le preguntó a Néstor Kirchner por qué había nombrado a Martín Redrado como presidente del Banco Central, qué tendría de malo poner a un morocho al frente. Kirchner respondió algo así: "En la política hay tiempos y tiempos", que no es otra cosa que referirse al viejo y querido "oportunismo político" que Joseph Fouché supo inscribir en todos los diccionarios etimológicos desde la Revolución Francesa hasta la actualidad.
Sin dudas, la figura de Néstor Kirchner ha repercutido en los cimientos de la política argentina y probablemente cambie el modo de hacerla definitivamente. Pero debemos hacernos recordar, como lo hacían los griegos, de que los héroes mueren trágicamente, en silencio y en soledad.
13 de septiembre de 2010
síntomas autobiográficos, 2da parte
En mi vida he cometido dos errores de los cuales me arrepiento profundamente y que, bajo una lupa actualizada, hasta me resultan nauseabundos. El primero de ellos, si bien el menos dañino, fue participar en el concurso Clarín Novela, allí donde unos cuantos campechanos de los negocios como yo procuramos abrirnos paso a través de la marejada de basura folletinesca que casi supera en abundancia a las películas hollywoodenses. Aunque uno puede aceptar no ganar, o no ser mencionado o, incluso, tolerar la insolencia de no devolver las copias de la obra, nadie debe o debería continuar presentándose; y esta afirmación, por más tiránica e imperativa, trasciende los rumores de los tan famosos «arreglos», como el papelón de Planeta en 1997 cuando la editorial «premió» a Piglia por su extraordinaria contribución a la pelusa de mugre de la literatura contemporánea: Plata Quemada.
Después de atender las recientes investigaciones que está llevando a cabo la justicia, respecto a Ernestina Herrera de Noble y su aún no probado atropello de adoptar en sospechosas circunstancias a dos pibes de desaparecidos, y al vulcanizado estallido que le sucedió a los informes sobre la adquisición ilegal de Papel Prensa S.A. por parte de Clarín, La Nación y La Razón, y aún antes, luego de descubrir paulatinamente la ávara mecánica de estas corporaciones que dicen -ahora gritan- informarnos con hechos, entregarles una obra a esta gentuza sería un acto aberrante, la antítesis de mis principios, algo pecaminoso hasta para un ateo, en resumen, un consciente intento de prostitución tanto en espíritu como en intelecto.
El segundo error fue votar a Mauricio Macri como Jefe de Gobierno; nunca en la vida me he sentido tan avergonzado ni humillado como ciudadano, como votante, ante tamaña metida de pata. Previo a esas elecciones, los medios divulgaban una prédica expresamente dirigida a aquellos desprevenidos que pensaban al matrimonio K como inquebrantable, insoslayable, casi monárquico. Esa puerilidad civil le valió a este país un espectáculo de pudor ajeno; el conflicto entre el campo y el gobierno por las retenciones mínimas nos brindó imágenes humanamente ominosas, ¿o seré solo yo, junto con mi memoria ambulante, quienes recordamos los galones de leche vertidos con regocijo sobre el concreto de las rutas cortadas? Y los que vimos en Mauri una suerte de oposición política, nos agarramos la cabeza en seguida y ahora ni siquiera la asomamos al ser partícipes directos de la peor gestión en la historia de la Ciudad de Buenos Aires.
Una mención aparte merece lo que está sucediendo con los colegios tomados; de un lado la apática reacción del gobierno porteño, del otro la propaganda oficialista obligada a explotar los deslices de sus competidores. ¿Cómo? ¿Los jóvenes de pronto se han investido con disfraces de héroes y pelean por sus derechos? Y así, mediante un movimiento lúdico de manos, aparece la Liga de la Justicia juvenil al rescate de todos los pobres estudiantes que hasta ahora han soportado los terribles avatares de asistir a una educación digna; no se dejen engañar, lejos están estos jóvenes de los de Atenas, de la Noche de los Lápices, y a miles y miles de años luz de un posible Mayo Francés, algo en lo que suelen incurrir algunos periodistas cuando confunden, a veces a propósito, a veces producto de su propia estupidez, a un alumno del Tomás Acosta con un universitario de la Sorbona de la década del sesenta.
Los párrafos anteriores quizá expliquen mis errores, de ninguna forma los justifican. No hay peor ciego que el que no quiere ver; equivocados, a esto le llaman «ignorancia». Yo no lo llamo así.
Después de atender las recientes investigaciones que está llevando a cabo la justicia, respecto a Ernestina Herrera de Noble y su aún no probado atropello de adoptar en sospechosas circunstancias a dos pibes de desaparecidos, y al vulcanizado estallido que le sucedió a los informes sobre la adquisición ilegal de Papel Prensa S.A. por parte de Clarín, La Nación y La Razón, y aún antes, luego de descubrir paulatinamente la ávara mecánica de estas corporaciones que dicen -ahora gritan- informarnos con hechos, entregarles una obra a esta gentuza sería un acto aberrante, la antítesis de mis principios, algo pecaminoso hasta para un ateo, en resumen, un consciente intento de prostitución tanto en espíritu como en intelecto.
El segundo error fue votar a Mauricio Macri como Jefe de Gobierno; nunca en la vida me he sentido tan avergonzado ni humillado como ciudadano, como votante, ante tamaña metida de pata. Previo a esas elecciones, los medios divulgaban una prédica expresamente dirigida a aquellos desprevenidos que pensaban al matrimonio K como inquebrantable, insoslayable, casi monárquico. Esa puerilidad civil le valió a este país un espectáculo de pudor ajeno; el conflicto entre el campo y el gobierno por las retenciones mínimas nos brindó imágenes humanamente ominosas, ¿o seré solo yo, junto con mi memoria ambulante, quienes recordamos los galones de leche vertidos con regocijo sobre el concreto de las rutas cortadas? Y los que vimos en Mauri una suerte de oposición política, nos agarramos la cabeza en seguida y ahora ni siquiera la asomamos al ser partícipes directos de la peor gestión en la historia de la Ciudad de Buenos Aires.
Una mención aparte merece lo que está sucediendo con los colegios tomados; de un lado la apática reacción del gobierno porteño, del otro la propaganda oficialista obligada a explotar los deslices de sus competidores. ¿Cómo? ¿Los jóvenes de pronto se han investido con disfraces de héroes y pelean por sus derechos? Y así, mediante un movimiento lúdico de manos, aparece la Liga de la Justicia juvenil al rescate de todos los pobres estudiantes que hasta ahora han soportado los terribles avatares de asistir a una educación digna; no se dejen engañar, lejos están estos jóvenes de los de Atenas, de la Noche de los Lápices, y a miles y miles de años luz de un posible Mayo Francés, algo en lo que suelen incurrir algunos periodistas cuando confunden, a veces a propósito, a veces producto de su propia estupidez, a un alumno del Tomás Acosta con un universitario de la Sorbona de la década del sesenta.
Los párrafos anteriores quizá expliquen mis errores, de ninguna forma los justifican. No hay peor ciego que el que no quiere ver; equivocados, a esto le llaman «ignorancia». Yo no lo llamo así.
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