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7 de octubre de 2012

dar por dar

A quienes competan estas palabras (o a quienes conmuevan, según el arbitrio del azar), serán personas, espíritus desasosegados, hastiados, agotados de observar las innumerables filas, las hordas de los pedigüeños, de los débiles, de los enclenques de voluntad, de la mugre, al fin, que suelen expeler no sin una medida dosis de hedor. ¡Y cuánto más hastiados de la gente embebida en no sé qué sentimentalismo, virtuosos de la prodigalidad y enajenados de todo lo que tiene de melindroso, cursi y empalagoso! De estos últimos, los abnegados, los desinteresados con interés, los bleeding hearts del mundo, los «yo soy tú, tú eres yo, todos somos iguales»; los religiosos devenidos en demócratas, comunistas y socialistas; los cegados, recostados sobre una inmensa roca y luciendo las vendas de una momia.

El «dar por dar» es el acto más pernicioso de los seres más altivos; los rebajan, los ensucian, los envuelven en lasitud. Todo ese «dar, dar y dar», se reciba o no algo a cambio, resulta en un desgaste presto y hondo de las energías. Y así, desprovisto del vigor que supo una vez exhibir, los seres más altivos empiezan a confundirse, de forma paulatina y disimulada, en un hombre con sotana: abyecto contra sí mismo, mentiroso hacia los demás, otra piedra fundacional del bien llamado «populacho» junto con el perpetuo andamiaje de la mezquindad.

Se intuye entonces que el genuino acto de «dar», «ayudar» o de ser «generoso», radica cuando la persona a quien se le ha dado haya hecho los méritos suficientes. Mérito. Palabra que se encuentra dentro de un sistema: meritocracia, concepto que la religiosidad ha dejado de lado, lo ha encasillado en un pupitre y le ha enseñado, pizarra mediante, a no aparecer -o, mejor dicho, a desaparecer.

Y se prosigue con la conclusión, a modo de invectiva, de advertencia y, en última instancia, selectiva:  "Damas, caballeros, transexuales: las lecciones gratis se acabaron. De ahora en adelante estaréis tan solos como yo lo he estado: experimentaréis el horror, el estupor, el terror y la afrenta de la realidad kafkiana del mundo en completa soledad. En resumen, ¡si queréis crecer, hacedlo por vuestra cuenta!"

19 de agosto de 2012

el guardián entre el centeno - el libro prosistema del s. XX

Atención al lector: el siguiente texto contiene spoilers de "El Guardián entre el Centeno"

No pocas veces, leyendo un libro, se me ha cruzado la reflexión: «¿De qué está hablando este tipo?», sobre todo en aquellos, un tanto arcaicos, un tanto barrocos, como la Divina Comedia o Fausto, en donde he debido forzar tanto el intelecto como el diccionario a fin de más o menos comprender pomposidades, simbolismos, metáforas y todo recurso a propósito dispuesto frente a mis ojos. Pues bien, El Cazador Oculto (la primera y correcta traducción de su título) o, El Guardián entre el Centeno (la última e inocua traducción), o The Catcher in The Rye (su título original) me llevó, capítulo tras capítulo a la anterior reflexión, sin recurrir al diccionario o al ejercicio intelectual, sino a observar en derredor de mi espacio de lectura, con los ojos desencajados, obligado a transitar ese conjunto de trivialidades propuesto por Salinger y asumir que, al final de todo, existiría un propósito para tan absurda y grotesca literatura. Bueno, lores y señores, hay un propósito en este libro aunque, el más inesperado, sorpresivo, abyecto. Enmascarado detrás de una supuesta rebeldía, el último párrafo revela la pieza de literatura más ponzoñosa que ha lanzado el siglo XX.

48 horas. Aproximadamente, ese es el tiempo que le dura a Holden Caulifield su pregunta, su duda, la pregunta a su misma existencia. Tras afirmar a lo largo y a lo ancho de las páginas, el «asco» por esta cosa o  la «cochinada» que es ésta otra, tras encaminarse al núcleo del más grande cuestionamiento y entrar en contacto con todo tipo de vicisitudes, dentro de las cuales priman las más «bajas», las del lecho de la vida, como un proxeneta que lo golpea y le roba todo el dinero, llamar borracho a la casa de una querida, ser expulsado de su colegio, ser abusado y maltratado, sentirse una y otra vez «deprimido», golpearse una y otra vez contra la aparente realidad del mundo; tras todas estas cosas, reservadas para ciertas personas que han arribado a cierto punto del camino, se hacen ciertas preguntas y en consecuencia ejecutan ciertas acciones, y repito, reservadas para sujetos como Raskolnikov, Erdosain o cualquier protagonista de Hesse; tras todo este océano que le es deparado, vejada su humanidad toda, Holden Caulifield no ha podido siquiera rascar la superficie del fondo. Nada, nada en absoluto.
Endure, motherfucker, endure!

Las últimas líneas muestran a nuestro otrora intrépido y autodestructivo narrador, por naturaleza salvaje y dueño de un trágico sino -a menudo la crítica confunde esta efigie con «niñez», nada más lejos, nada más ridículo-, internado en un hospital, al cuidado ya de papi y mami, rodeado de psicólogos utilitaristas, sin ganas de hablar del «asco» ni de la «cochinada», enterrando todo pasado como un cadáver y, contrariándose a sí mismo, extrañando a los personajes que «odiaba» y afirmando sobre la nueva película de su hermano (ése gran escritor, talentoso y profundo, devenido en una prostituta al servicio de la industria hollywoodense): «Me resultó bastante afectada y superficial, pero la encontré muy linda». Las últimas líneas, en efecto, constituyen la glorificación del estilo de vida americano, la devastación absoluta ante cualquier respetada e incipiente luz de duda frente al mundo, el espíritu quebrado, la famosa transición «infancia/adultez», el inicio de una carrera con traje y corbata, a la postre adornada quizá por un cubículo. Su ingreso triunfal, homérico, a la obsecuencia, al acatamiento, a la esclavitud de una vida aún más gris que la anterior; su ingreso, en última instancia, al sistema. Y pensar que su único deseo era convertirse en el cazador, al borde del precipicio que lleva al sistema, oculto en el centeno, responsable de atrapar a cualquier niño que se aventurase a caer. Y pensar...

Holden Caulifield toma un acto cobarde, al que le seguirán toda una fila de actos cobardes que lo llevarán a una muerte «tranquila», de «viejo», de «estadounidense», como la de su autor. Podría llegar a leerse como una trágica derrota pero, se lee como una victoria final. Salinger nos apuñala en el momento que le dimos la espalda, nos traiciona con indiferencia, con despropósito o, mejor dicho, con la perpetuidad del propósito despropósito. Nos resulta lógico entonces, a nosotros los vejados, que en adelante este hombre no haya escrito nada más significativo, se haya vuelto un ermitaño y guardado para sí el resto de sus cavilaciones: ya había entrado al sistema, ¿para qué seguir escribiendo, con qué conflictos, con cuál propósito?
Endure, you bastard, just endure!

El hecho de que El Cazador Oculto haya estado entre los primeros diez libros más vendidos de la década del noventa cuarenta años después de su primera edición, y estudiado en secundarias y universidades, nos da un indicio, nos marca como época. Pues ésta, sin lugar a dudas, es una de las más iletradas, ignorantes, improductivas, enfermizas y decadentes. Más aún, una de las más moralistas, si entendemos a la «moral» de forma absoluta, es decir, una «inmoralidad»

Pero no hay perpetuidad del propósito despropósito. Mirad ahora, el hospital en el que está internado Holden Caulifield; el suelo ha comenzado a temblar, las paredes a resquebrajar. Todo por no durar.

Endure...

7 de enero de 2012

calavera no chilla

Orgullo. Ésa es el sentimiento que me recorrió al leer un artículo de La Nación, en cuyo título descansaba el interrogante "¿Qué lamentamos no haber hecho antes de morir?" y que sucintamente refería al libro Regrets Of The Dying de Bonnie Ware, en el cual pendía esa pregunta sobre las consciencias de aquéllos que, por tal o cual razón, estuvieron al borde de la muerte.

El artículo destaca cinco arrepentimientos:

1. "Me gustaría haber tenido el valor de vivir una vida fiel a mis conceptos y no la vida que otros esperaban de mí"

2. "Me hubiese gustado no haber trabajado tan duro"

3. "Me gustaría haber tenido el valor suficiente para manifestar mis sentimientos"

4. "Me hubiese gustado mantenerme en más contacto con mis amigos"

5. "Me gustaría haber sido más feliz"

¡Cuánta alegría saber que antes de morir no necesitaré arrepentirme de estas cosas! Porque sin haber atravesado una experiencia cercana a la muerte o siquiera sufrir un trauma de portentosas proporciones, me encuentro peleando cruentamente en el campo de batalla de la vida, de la vida terrenal y la espiritual. Pues, ¿no son acaso las susodichas penas de índole espiritual, no trascienden más allá el poder de inclinación y obsecuencia que nos depara una sociedad pincelada sobre un lienzo apático y mezquino?

Subyacen, entonces, dos ejemplares: la ruidosa mayoría que se retuerce en agonía por dentro, impotente, especuladora. Y la silenciosa minoría, honrando la arcaica esencia del ser humano, renuente a transformarse en un eslabón más de la cadena pero, padeciendo -a veces con insoportable hastío- los tóxicos pantanos de la mediocridad.

¡Arre!, ya he escogido mi lado.

23 de noviembre de 2011

redundancias hasta la médula

Está consignada en la estación de Hurlingham del tren San Martín, la leyenda: "Está absolutamente prohibido andar en bicicleta sobre el andén". Se encuentra en uno de los semáforos que cruzan la Avenida Triunvirato el muñequito parpadeante de color rojo a tiempo que el verde permanece encendido. Están, quizá de escarmiento a una sociedad irreverente o incapaz de aprehenderse a sí misma.

Tal como resultan a veces burdas y escandalosas las redundancias en el lenguaje, así también lo parecen en la vida diaria.

10 de octubre de 2011

no la llames

Todo indica que tu deber no es llamarla. No es tu destino, no es tu momento, no es la circunstancia para hacerlo. Todos tus amigos te sugieren que no la llames, lo han sugerido en el pasado incesantemente; tu psicólogo te dice que ya es hora de avanzar; los gurúes de internet pronostican ominosos tormentos, llamarla es pecado en su biblia. Los pájaros que se posan sobre los árboles, tanto de día como de noche, comienzan a hablar en tu idioma y a cantarte "no la llames". No lo hagas, no. Recordás a tu maestra de primer grado, enseñándote a escribir en cursiva con la oración: "no la llames", y luego evocás a la de tercer grado separándote el sujeto tácito del predicado. "No la llames" es el consejo que te da el famoso de una publicidad, el flaco del clima y hasta el buen tino de Hollywood. Ella incluso en tu cabeza reitera: "no me llames". Vos mismo te lo repetís, una y otra vez, convencido y firme de tu decisión. Sabés que el teléfono está a dos pasos de distancia y aún así te lo advertís. "No la llames" dice el display del teléfono y a continuación aparece una animación del quinto círculo del averno. El primer botón es la "n", el segundo la "o".
Y te lo seguirás repitiendo hasta que escuches su voz.

8 de octubre de 2011

apophthegma nro 21 - soledad

Surfeando un rato, encontré esta extraordinaria frase de Octavio Paz, el Miguel Ángel de las letras: 


«La soledad, el sentimiento y conocimiento de que uno está solo, excluido del mundo, no es una característica exclusivamente mexicana. Todos los hombres, en algún momento de sus vidas, se sienten solos. Y lo están. Vivir es separarse de lo que fuimos para acercarnos a lo que seremos en el futuro. La soledad es el hecho más profundo de la condición humana»

20 de julio de 2011

land of the blind / donde el tuerto es rey

Se dice que hay cinco ciegos dispuestos frente a un elefante. El primero de ellos percibe una de sus patas y dice: «El elefante es parecido a un gran árbol». El segundo se aproxima por detrás y se topa con la cola, y exclama: «¡No, el elefante se parece más a una serpiente!». El tercero toca uno de los cuernos de marfil y finalmente interpela al último: «El elefante es como una gran lanza»*. El resto de la historia es imaginativa, tentadora y procura obliterar todo rastro de veracidad que nuestros sentidos proveen.

Los hombres vamos a tientas en la oscuridad, las manos sobre la tierra húmeda y a olfato confundido, como el perro que pierde el rastro de su casa en una noche lluviosa. De vez en cuando aparece un ojo, un guía, ese que no se pierde nunca y nos ayuda a levantarnos. «Encuentra tu camino a casa», nos susurra al oído. Y contentos y felices lo retomamos cuando, a medio trayecto, nos hallamos nuevamente desorientados. Pues, somos ciegos en un mundo de unos cuantos tuertos, preguntándonos incesantemente quién ve en cuerpo completo a ese elefante.

*N. del A.: Paráfrasis de "Land of The Blind", película dirigida por Robert Edwards y estrenada en el año 2006.

14 de junio de 2011

como dos gotas de agua

Finalmente he anclado en Hurlingham que, por la gracia del Dr. William Cadogan, lleva ese nombre en virtud del club construido sobre la casa del buen doc. Se dice que el "Hurling" era un deporte irlandés, y si a ello le unimos "ham" (casa), obtenemos Casa de Hurling. Uno creería que el nombre de la ciudad llevaría consigo una historia un tanto más excitante, algo más autóctona pero indistinta a la de cualquier Polo Club, cuyos nombres extranjerizados y arquitectura colonial, atraen una mucosa hilera de esnobs tanto más seducidos por el status que por el verde colorido de la campiña.

Alejándose del centro de la ciudad y a través de su concéntrica disposición de casas de alto perfil, nos vamos encontrando con un paraje que bien podría ser confundido con alguno del Conurbano Bonaerense; y esto es, precisamente, porque se repite bastante a sí mismo. He vivido casi la totalidad de mis 28 años como porteño, y este lugar, estas personas, eran para mí ignotas, espacios vacíos, meros fantasmas de la lejanía, y ahora forman parte de mi extraña incursión hacia lo inexplorado, lo exótico, como si de alguna manera procurara simular el sentimiento de los primeros conquistadores (ellos impíos, vacuos y decididamente aviesos): el corazón late con mayor rapidez, la respiración se entrecorta, el miedo a toparse con algún aquelarre de la antigüedad se torna fresco, la inmensa expectativa de hallar nuevos tesoros permanece intacta.

Pero no hay ramas obstaculizándome o prístinos manantiales de cuyas aguas, se decía, fluía la vida eterna; siquiera una bandada de indios con lanzas y flechas. Todo ha sido occidentalizado y el buen trabajo de los conquistadores pagado buen rédito: las afueras de la ciudad se han urbanizado y arropado aquella vieja usanza europea llamada civilización. Las costumbres, afortunadamente, han sabido echar raíces y sigue siendo más probable un acto de bondad aquí que en la Capital. Los sonidos son diferentes, así también como el aire: en ellos se mezclan niños jugando sobre la calle con un fuerte viento, una reunión familiar acompañada por una canción cuartetera que sin dudas en la metrópoli sería identificada como cumbia o alguno de sus más nuevos y vulgares derivados musicales. Nunca falta el joven en motocicleta y su novia, detrás, rodeándolo con sus brazos alrededor de la cintura, quizá la estampa más evidente de la juventud. En ocasiones aparecen coches viejos, modelos en desuso, bombeando hacia afuera, en oleadas de graves, aún más tonadas cuarteteras; en el verano y a falta de aire acondicionado, los vidrios polarizados se repliegan, paradójicos. Los timbres no funcionan a base de electricidad, sino al irregular tamboreo de los aplausos. Las tormentas rugen con más fuerza.

Es otra tierra, no exenta de la ponzoña posmoderna, pero es otra tierra, a lo lejos, donde la gente se ha asentado, se ha acoplado, se ha mimetizado. Las paredes ajadas nos cuentan tiempos difíciles, arduos, de mucha labor y lenguas arenosas. Han prevalecido, sin embargo, y soy testigo de ellas, gotas de agua, que se han filtrado laberínticas hasta tomar la forma de una advertencia: el agua moja, dondequiera que estés.

15 de abril de 2011

Coming soon...

El Refugio de los Escarabajos, ¡desde la bien aclamada jjjjjjrlingham!

No se pierdan dentro de dos semanas: cómo mantener bien tu pasto, cómo arruinar el del vecino, cómo armar una casilla con 1/4 de ladrillo y mucho mucho más...

21 de enero de 2011

síntomas autobiográficos, 4ta parte

Habrá sido cuarto o quinto grado cuando la profesora, de robustas caderas y ancho trasero, preguntó sorpresivamente, mientras le vibraban esos globos que tenía como cachetes y hundía la mirada achinada sobre la clase, cómo hacían los alumnos sobresalientes para ser precisamente eso. Sólo en un schüle puede decirse tal cosa; en una escuela pública sería un escándalo de proporciones mediáticas. Casi de inmediato, uno de mis compañeros, cuya naturaleza verborrágica y desenvoltura había desarrollado una distancia espacial entre nuestra consciencia prepúber y la de él, prorrumpió en gritos e indignado en respuesta al desprecio por el estudiante regular (él, por supuesto, el primero en usar un arito en la oreja, el primero en debutar; un sujeto de vanguardia, de esos que acostumbran a dictar determinado rumbo para la grey). Y pese a los reclamos, al calmarse los ánimos de protesta a medias generalizada, la maestra giró la cabeza hacia mi dirección. Me quejé un poco, aunque no renegué de las ofrendas; pero, al final, simplemente mencioné que estudiaba con antelación y me iba a la cama temprano, rutina que no convertía a nadie en un alumno sobresaliente. Satisfecha, la profesora prosiguió con la lección. Es obvio que ni me anticipaba al estudio ni me iba a la cama temprano; antes aún prefería desvelarme con el televisor y, si estudiaba, lo hacía a último momento junto a un dejo de fastidio que enajenaría a todo el cuerpo académico. ¿Qué era, entonces, aquello que me calificaba como alumno sobresaliente? ¿Estudiar un poco? Tarea para cualquiera. ¿Presentismo? Faltaba cada vez que podía. ¿Padres adinerados? Nunca tuvieron un peso. ¿La casualidad de poseer cabello rubio y ojos claros? La mitad de la escuela entraba en esa descripción. Y ahora, observándolo desde lejos, me es lícito descubrir y afirmar, sin asombro aunque algo espantado, que el alumno sobresaliente era definido por su obsecuencia.
Años después, libre ya de esa obsecuencia, uno es capaz de deducir con franqueza que las maestras nunca han servido dádivas a la rebeldía.

En cierta ocasión, Sonia Rojas me comentó una frase de su profesor: «La educación no distingue entre el método de ensillar a un caballo y el de enseñarle a un nene a sentarse en una silla»

18 de diciembre de 2010

apophthegma nro 16

Las palabras de Thomas Mann se abren paso a través de los arbustos que recubren el misterio de la gesta, sí gesta, del mismísimo quehacer artístico: «Pues también desde una perspectiva personal, el arte es vida potenciada. Procura un goce más intenso, pero consume más de prisa»

7 de diciembre de 2010

con el dedo señalando

Nosotros, aciagos pocos, que de hermandad no entendemos, lloramos mucho más de lo que sangramos. Enfilamos hacia donde ni héroes ni generales se atreverían, no a pelear, sino a vislumbrar: una hilera detrás de otra de arcaicos montes, aún surcados por una corriente verdácea y clara cuyo reflejo nos devuelve la imagen de mil serpientes enredadas en una cabellera.
Somos los batidores de la humanidad que, sobre sus deshilachadas barbas posamos nuestras manos con el afán de acicalarlas y, arriba de nuestros corceles, cabalgamos hacia un horizonte inalcanzable incluso para los ojos más aguzados.
Renegamos de nuestra vista, de nuestro oído, hasta de nuestra propia lengua; arrebatamos lo que otros han construido con esfuerzo y engaño, y lo convertimos en la chuchería de un infante. La realidad es para nosotros una sílaba abstracta y el miedo sólo una concatenación de caracteres y, de mientras, escupimos contra el viento, pues sólo así sabremos si nos cae en la cabeza o no.
Allí, donde los magnates pulen sus dientes y el campesino afila su rastrillo, eregimos una catedral de duda e incertidumbre; ellos, trémulos y gráciles de espíritu, dejarán entonces sus quehaceres para asistir a la nueva iglesia, poco ortodoxa, quizá protestante, seducidos por la suave lírica de nuestra orquesta.
Los árboles, a la sazón, cimbrarán con vientos nunca antes soplados, todo el mundo beberá de copas de madera el agua que nosotros hemos traído desde los montes y verán, en el cielo, densos nubarrones trayendo consigo las gotas de lluvia que supieron una vez ser serpientes.

2 de diciembre de 2010

síntomas autobiográficos, 3ra parte

Quizá por el aburrimiento, un poco de curiosidad, un estado sombrío de morbidez enajenada o por una simple desesperación financiera, las yemas de mis dedos, raudas y lenguaraces, teclearon en Google «¿Cómo ganar dinero escribiendo?»
En respuesta, se me aparecen un sinnúmero de páginas con sus respectivos opinólogos, cuya pretensión de acercar sus conocimientos a la masa desinformada e ignota lindan, aún en el mundo real, con la larga fila de clérigos y doctos que promete soluciones rápidas, sencillas y con poco esfuerzo, al pelotudo de turno. Siendo yo, en ese instante, el pelotudo de turno, me dediqué afanosamente a leer los consejos de esta gente licenciada en el mundo de hacer dinero a través de internet y, si bien cada uno sostenía un método distinto, las conclusiones eran las mismas: sólo muy pocos logran alcanzar un nivel aceptable de ingreso, otros tantos se ganan unos centavitos para el colectivo y la mayoría pertenece a la vasta indigencia bloggera. A título de no satirizar a estas eminencias, se les reconoce el mérito de sincerarse en la última línea de sus párrafos y en letra pequeña, lo siguiente: «No, no se hace dinero escribiendo»
Uno de ellos, no obstante, experimentó un desliz al afirmar que escribir sobre situaciones personales, como sería por ejemplo llevar un diario, no sólo era inútil e improductivo para los fines comerciales de la página, sino también una práctica decadente y patética. Se debe dar por válido el primer argumento, pues la gente no suele tomar interés sobre la vida privada de un desconocido: "Hoy hizo un lindo día, mi mamá cocinó ravioles, había pajaritos en la ventana riñiendo por un pedazo de pan viejo y, después de comer, fui al baño, me senté y arrojé un mojón al inodoro. Lo evacué, por supuesto. No tomo nada más en serio que mi higiene personal". La vida privada sigue siendo la vida privada, y de ninguna forma debe estar obligada a despertar la curiosidad del otro.
Pero, de situaciones personales como las de echar un pedazo de excremento por el inodoro o la de atisbar dos aves peleando por alimento han nacido precisamente las letras y, más tarde, todos sus derivados, incluyendo la filosofía, la ciencia y, a no olvidarnos, los blogs que generan ingresos. Uno de los conceptos que he podido aprehender durante mis años de internauta es que el mundo virtual resguarda pocas excepciones con el mundo real: cualquier pelotudo, aunque sea el de turno, posee el derecho de proferir cualquier pelotudez.

13 de septiembre de 2010

síntomas autobiográficos, 2da parte

En mi vida he cometido dos errores de los cuales me arrepiento profundamente y que, bajo una lupa actualizada, hasta me resultan nauseabundos. El primero de ellos, si bien el menos dañino, fue participar en el concurso Clarín Novela, allí donde unos cuantos campechanos de los negocios como yo procuramos abrirnos paso a través de la marejada de basura folletinesca que casi supera en abundancia a las películas hollywoodenses. Aunque uno puede aceptar no ganar, o no ser mencionado o, incluso, tolerar la insolencia de no devolver las copias de la obra, nadie debe o debería continuar presentándose; y esta afirmación, por más tiránica e imperativa, trasciende los rumores de los tan famosos «arreglos», como el papelón de Planeta en 1997 cuando la editorial «premió» a Piglia por su extraordinaria contribución a la pelusa de mugre de la literatura contemporánea: Plata Quemada.

Después de atender las recientes investigaciones que está llevando a cabo la justicia, respecto a Ernestina Herrera de Noble y su aún no probado atropello de adoptar en sospechosas circunstancias a dos pibes de desaparecidos, y al vulcanizado estallido que le sucedió a los informes sobre la adquisición ilegal de Papel Prensa S.A. por parte de Clarín, La Nación y La Razón, y aún antes, luego de descubrir paulatinamente la ávara mecánica de estas corporaciones que dicen -ahora gritan- informarnos con hechos, entregarles una obra a esta gentuza sería un acto aberrante, la antítesis de mis principios, algo pecaminoso hasta para un ateo, en resumen, un consciente intento de prostitución tanto en espíritu como en intelecto.

El segundo error fue votar a Mauricio Macri como Jefe de Gobierno; nunca en la vida me he sentido tan avergonzado ni humillado como ciudadano, como votante, ante tamaña metida de pata. Previo a esas elecciones, los medios divulgaban una prédica expresamente dirigida a aquellos desprevenidos que pensaban al matrimonio K como inquebrantable, insoslayable, casi monárquico. Esa puerilidad civil le valió a este país un espectáculo de pudor ajeno; el conflicto entre el campo y el gobierno por las retenciones mínimas nos brindó imágenes humanamente ominosas, ¿o seré solo yo, junto con mi memoria ambulante, quienes recordamos los galones de leche vertidos con regocijo sobre el concreto de las rutas cortadas? Y los que vimos en Mauri una suerte de oposición política, nos agarramos la cabeza en seguida y ahora ni siquiera la asomamos al ser partícipes directos de la peor gestión en la historia de la Ciudad de Buenos Aires.

Una mención aparte merece lo que está sucediendo con los colegios tomados; de un lado la apática reacción del gobierno porteño, del otro la propaganda oficialista obligada a explotar los deslices de sus competidores. ¿Cómo? ¿Los jóvenes de pronto se han investido con disfraces de héroes y pelean por sus derechos? Y así, mediante un movimiento lúdico de manos, aparece la Liga de la Justicia juvenil al rescate de todos los pobres estudiantes que hasta ahora han soportado los terribles avatares de asistir a una educación digna; no se dejen engañar, lejos están estos jóvenes de los de Atenas, de la Noche de los Lápices, y a miles y miles de años luz de un posible Mayo Francés, algo en lo que suelen incurrir algunos periodistas cuando confunden, a veces a propósito, a veces producto de su propia estupidez, a un alumno del Tomás Acosta con un universitario de la Sorbona de la década del sesenta.

Los párrafos anteriores quizá expliquen mis errores, de ninguna forma los justifican. No hay peor ciego que el que no quiere ver; equivocados, a esto le llaman «ignorancia». Yo no lo llamo así.

1 de septiembre de 2010

de la escasez de palabras al mojón mojado de perro

¿Existirá sensación tan única, tan increíblemente indescriptible, soberanamente escatológica, como la de pisar distraido y en un día lluvioso un mojón mojado de perro? Dejamos una huella en ese mojón mojado, de la misma manera que el mojón mojado la deja en nuestra suela; se forja una relación pues, lavaremos la suela tarde o temprano y recordaremos el incidente, y el mojón mojado se secará -si es que alguien no lo baldea antes- y nos mostrará el mapa detallado de la parte de la suela que lo pisó. Pero, ¿cómo relatarle a alguien que pisamos un mojón mojado de perro? ¿Qué palabras, qué términos podrían usarse? Y... «Pisé mierda» suele ser la alternativa más común. «Es de buena suerte», contesta el otro. Pero no debemos esperar mayor profundidad en una conversación sobre esta experiencia tan trivial; al contrario, nuestra expectativas se cumplen al tratarla con superficialidad, diligencia y, quizá, una gota de humor que le sirve de cortina al incipiente y reprimido desprecio. Y uno debe preguntarse: ¿será la mierda, será el caracter mundano de pisarla o será que nos hemos vuelto demasiado mundanos con todas las cosas o que, en resumidas cuentas, hemos dejado de distinguir entre un mojón mojado de perro y los asuntos fundamentales de la vida?
Las mismas combinaciones guturales parecen enredarse sin esmero e incluso penetrar en el núcelo de las situaciones más antagónicas; entonces «miedo» a la cárcel y «miedo» al ser apuntado con un arma se consignan y pronuncian, lingüísticamente hablando, idénticos. «Amor» a un equipo de fútbol y «amor» a una mujer tampoco sufren variaciones, a menos claro que a alguien se le ocurra escribir «amor» con «H», como a Poncela. Pero si pensáramos cada palabra para cada suceso que aconteciese en un tiempo y espacio diferente al anterior, nos encontraríamos con infinitas variaciones, propias a las palabras de cada individuo, resultando en un caos comunicacional donde la relación más significativa que tendríamos sería con un mojón mojado de perro pisado.
En efecto, las limitaciones del lenguaje no han escapado a los primeros filólogos y al mismo tiempo salen espantadas de los semióticos, con quienes mejor se entenderían. El lenguaje ha sido, es y será el principio de estandarización del ser humano, su cápsula frente al mundo; llamar al espacio «espacio», adjetivarlo como «infinito», se ha asimilado con el angustiante proyecto de contar los días e inventar los segundos. La tiranía de la palabra se ha extendido incluso hasta los medios de comunicación quienes, con el hábil uso de su ingeniería, han endulzado al rebaño con una canción hipnótica y repetitiva que sería capaz de arrancar a Odiseo de su poste.
Así pues, propongo que juntemos las manos, inclinemos la cabeza y oremos sin palabras por la obliteración de estas de los diccionarios.

29 de agosto de 2010

apophthegma nro 12

En El Banquete de Severo Arcángelo, Marechal nos señala la importancia de las buenas dentaduras, en especial para aquellos afanosos de atravesar gratis todas las puertas:

-¿Sabía usted que Sócrates tuvo un gallo?
-No, señor -le respondí secamente.
-Pues lo tenía -me aseguró Bermúdez-. Y cierta vez el esclavo Ántrax, un filósofo en pantuflas, robó el gallo de Sócrates, lo desplumó secretamente, lo metió en la olla y lo hizo hervir un día y una noche. Después, al intentar comerlo, Ántrax perdió todos los dientes, pues el gallo estaba tan duro como al principio.
-¿Qué me quiere decir con esta fábula ridícula?
-Yo que usted -me aconsejó Bermúdez- pondría en la olla de Ántrax a los dos clowns, y los dejaría cocinar más tiempo. ¿O cree usted que, sin poseer una buena dentadura, se puede morder la cáscara de los símbolos?

27 de agosto de 2010

síntomas autobiográficos


Miren a este espécimen de la humanidad... cuán mediocre y ordinaria parece su estadía en ese sillón. La mirada absorta en las letras de "Operación Masacre", satisfaciendo su morbosidad al leer sobre gente torturada y asesinada. ¿Qué le importa lo que pasó hace más de medio siglo? Así, entre enojado y confundido, masculla en su interior ditirambos de culpa y remordimiento. Quien se aventura sobre los hondos espacios que ocupa la existencia tiene que pagar un precio, cualquiera; y a éste le pesa tanto esa elección que, si prestan atención, notarán una ligera inclinación de la columna hacia delante. No hace trabajos pesados y sin embargo parece aplastado, vencido, cansado. Sabe que no puede volver atrás, que no se han inventado las vueltas atrás para estas excursiones, que su arrepentimiento es vano. En ese momento de seguro recordaba las palabras de Buda: «El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional». Para él son la misma cosa, porque sufrir lo complace, lo hace sentir vivo. Nada más lejos de la verdad.

Mírenlo, de afuera despreocupado, agoniza por dentro. Este espécimen de la humanidad, cada vez un poco más retirado de la realidad, embebido de dudas y temores como si recién comenzara a andar por la vida. Pero no percibe eso, sino las letanías de mil viajes en círculos, la vetustez de su joven cuerpo, la ancianidad de su espíritu. No es la clase de fruto que permanece en el árbol, indiferente o que observa con renuencia los grandes saltos; tampoco es aquel que cae libremente por efecto de la gravedad, fruto completo, sin importarle el choque con la tierra ni rodar sin obstáculos sobre ella porque arriba se ha fortalecido y endurecido. Verde es el color de este fruto que, intrépido, saltó antes de tiempo y ahora no tiene fuerzas para rodar.

Vengan, descubran a este espécimen de la humanidad, de dedos torpes y alargados, que posee la osadía de sentirse compasivo, comprensivo, humilde. Nunca se ha mentido más el verde fruto. El intento de sofocar su egolatría lo ha hecho aún más ególatra; la petulancia le brota descuidadamente por los poros. Dejó de tolerar los «no», tampoco busca los «sí»; él, su mayor enemigo, ahora rehúye de los espejos como si de la plaga se tratase y se pregunta a dónde fue a parar ese Narciso.

Se ha equivocado, desde el mismo principio. Las virtudes no nacen en cunas de oro, sencillamente no nacen. Deben ganarse, sudarlas, incluso seducirlas; la propiedad no es gratis, menos aún los más altos adiestramientos. Es allí donde este espécimen de la humanidad, empequeñecido como lo ven, se plantará sobre los parajes de la templanza y, sin darse cuenta, se adueñará de esas palabras que con tanto esmero ha buscado. Sin darse cuenta hablará vida.

23 de agosto de 2010

cosas que no he aprendido - II


Recuerdo, cuando recién comenzaba la facultad, me había topado con Álgebra I. Jamás puse tanto sacrificio y empeño en estudiarla y comprenderla; todo ese gigantesco quehacer sólo fue superado por su inmenso fracaso. Recuerdo, aún en las escaleras, el rostro cool del profesor entregándome el parcial, mi mirada incrédula y el redoblante en mi mente preguntando una y otra vez: "¿Cómo carajo hice para sacarme un dos?" Supongo que Álgebra I ha sido tan difícil para mí, como lo es la mujer para la mayoría de los hombres.

Freud, con su habano en la boca y sus años de diván, atisba esta desconcertante confesión: «La gran pregunta que nunca ha sido contestada y a la cual todavía no he podido responder, a pesar de mis treinta años de investigación del alma femenina, es: ¿qué quiere una mujer?» Pero Freud se malogró la respuesta desde el principio al preguntar aquello que motiva a una mujer, la hace andar; a contraposición de realizar la primera pregunta y, en consecuencia, la más importante: "¿Qué es la mujer?" Si hay algún hombre leyendo esto en este momento, esperando que yo le ofrezca la contestación definitiva, le sugiero que vaya a buscar a otro lado.

En los años ´40, durante la etapa de postguerra, un entomólogo norteamericano apodado Alfred Kinsey emprendió un exhaustivo estudio sobre el comportamiento del hombre con respecto a su sexualidad, arribando a conclusiones reveladoras y, a su vez, espeluznantes. La obra de Kinsey categorizaba la homosexualidad del hombre en grados, siendo el 0 un heterosexual hecho y derecho, y el 6 un homosexual sin remedio. Según él, la mayoría residen en los grados 1 y 2, reafirmando la condición homosexual como minoritaria. A este muchacho le fue tan bien que decidió confeccionar un estudio similar sobre la mujer. Es evidente que no leyó la advertencia de Freud... o si la leyó, escogió obviarla.

Freud y Kinsey son tan sólo dos ejemplos de espíritus con un rigor científico y curiosidad admirables que, con toda su experiencia, y todos sus concocimientos y recursos, ni siquiera han podido empezar a bosquejar a la mujer. Como nadie medianamente respetable ha logrado brindarnos algún indicio de algo, lo que sea, entonces aparecen los nuevos gurúes con la lisonjera tarea de simplificarnos todo este gran barullo que es la mujer. En Internet, por mencionar algunos, se han creado foros especializados a fin de consolar a esos pobrecillos despojados de amor, abandonados por sus parejas y en su mayoría literalmente recontra cagados. Es allí cuando el poder de esta gente sabia y en extremo superficial entra en vigencia, escribiéndole al sufriente una obra de teatro que debe seguir al pie de la letra: qué decir, cuándo decirlo, cómo decirlo, bajo qué circunstancias, qué no decir, cuándo no hacerlo, cómo no hacerlo. Así pues, a este hombrecillo despojado de amor le es despojada también su identidad, sin libertad para convertirse en un neurótico o un obsesionado; está prohibido ser o sentir tales cosas en nuestra moderna sociedad de hombres; no nos es lícito que nos humillen ni que nos pisoteen. Y con una pedante hipocresía, parafrasean risueños: "Ah, pero no se confundan, ellas son más inteligentes que nosotros"

Y sí, es cierto, vemos más hombres descorazonados, más sensibles; y es cierto que las relaciones han mostrado un parámetro que mete miedo, como diría María Laura Santillán, y vemos mujeres más controladoras, tibias, algunas hasta indiferentes hacia los sentimientos más nobles y puros (como muertas por dentro); es cierto que la balanza se ha inclinado ligeramente hacia los artilugios femeninos en respuesta al machismo primate. También es cierto que lo que vemos no es siempre igual a lo que no vemos, que las cosas parecen cambiar pero sólo porque las percibimos distintas.

¿Qué es la mujer? Basta con un mutis y reflexionar a Oscar Wilde: «Las mujeres han sido hechas para ser amadas, no para ser comprendidas»

17 de junio de 2010

cosas que he aprendido - I

«Si usted quiere formarse ´un concepto claro´ de la existencia, viva. Piense. Obre. Sea sincero. No se engañe a sí mismo. Analice. Estúdiese. El día que se conozca a usted mismo perfectamente, acuérdese de lo que le digo: en ningún libro va a encontrar nada que lo sorprenda. Todo será viejo para usted. Usted leerá por curiosidad libros y libros y siempre llegará a esa fatal palabra terminal: ´Pero sí esto lo había pensado yo, ya´. Y ningún libro podrá enseñarle nada», esto decía Roberto Arlt allá por la década del ´30, advirtiendo de alguna manera los peligros de una superpoblación ideológica. Pero no sería erróneo pensar que esta frase tiene como intención solamente vituperar a los libros, ni tampoco reducir el fin de la existencia a unas simples palabras. Es un llamado a la madurez espiritual, allí donde la ignorancia le deja paso a la ingenuidad. ¿Es, entonces?

Si tomamos en consideración todas las doctrinas que existieron y existen, y luego tomamos todos los credos religiosos, y más tarde juntamos las ideologías políticas, y consecuentemente cada uno de los sistemas filosóficos, vamos a obtener como resultado «un concepto claro» del bullicio. Sabemos que todas estas doctrinas en algún punto se rozan (algunas más que otras) y a veces se oponen entre sí; pero su virtud, lo que las vulgariza, es la de llamar la atención del individuo, la de captar su duda; llanamente, todas y cada una de las doctrinas tienen como condición para su existencia la desesperación ajena. Los Testigos de Jehová, por ejemplo, tienden a prometer un juicio final y la estadía a la vera de Jesucristo a quienes atraviesan la vida en el infierno; claro, algunos pedirán -rogarán en súplica- una monedilla o dos, pues no es barato edificar una «casa de Dios» ni evitar que adelgacen los bolsillos de los predicadores. Dejemos al margen, sin embargo, el ejemplo fácil y obsceno, y enfilemos hacia las ideas más populares, más «modernas» y, en última instancia, más peligrosas. El patriotismo y el patriotismo reciclado son tan nuevos como aquél ocurrente que, con una ramita en mano, decidió dibujar una línea sobre la tierra y llamar a esa tierra «mi tierra»; sólo bajo el estandarte de este ideal ha podido la Alemania nazi hacer uso y abuso verbal de una propaganda antisemita, y de ejecutar a seis millones de personas en unos pocos años; sólo bajo esta bandera, los guardianes de la democracia por excelencia -adivinaron, los norteamericanos- incineraron dos ciudades japonesas en un abrir y cerrar de ojos, cuando Japón ya estaba incinerado; sólo con este pensamiento, brutal y contagioso, a nuestros militares les fue lícito arrojar barriles al mar con gente dentro; sólo así, con simplicidad, los rusos han podido justificar su masacre interna durante la época leninista. «El patriotismo es la virtud de los depravados», nos dice Oscar Wilde; los depravados no son los patriotas, sino quienes se alimentan de ellos. Y si de alimento hablamos, la sangre es una comida infrecuente en la dieta del patriotismo; antes aún prefiere aperitivos más comunes como la miseria y la ignorancia, aunque difícilmente no se deleite con su plato favorito: la obsecuencia. Schopenhauer acaba con la discusión de forma abrupta: «Todo imbécil execrable, que no tiene en el mundo nada de que pueda enorgullecerse, se refugia en este último recurso, de vanagloriarse de la nación a que pertenece por casualidad». Refugiarse como último recurso sobre algo es símil a un estado de desesperación. Y yo pregunto, ¿es, entonces?

No importa cuánto quieran negarlo o cuánto se resistan, es un hecho de la vida, que todas las doctrinas tienen la razón y la verdad de su lado. A las ideas, oriundas de la mente, les han sido legadas todas las virtudes y defectos del hombre, incluyendo su obstinación. Entonces no nos parecería extraño que un budista jamás encuentre al Dios hebreo, que a un musulmán le sea imposible escaparse del samsara, o ver a un pigmeo de la selva africana arder en alguno de los círculos del infierno. Quien es muy claro al respecto, es Jonathan Swift: «Tenemos bastante religión para odiarnos unos a otros, pero no la bastante para amarnos». Y es precisamente esta obstinación la culpable de las ya clásicas divisiones religiosas, las persecusiones políticas o incluso de las fraguas filosóficas, al tomar la forma de fetichismos, obsesiones -neurosis colectiva, en algunos casos. Es el escenario del «bullicio»: lees algún autor del existencialismo francés afirmando «la verdad es ésta», a otro del iluminismo alemán «la verdad es otra», prendes la tele para oír «esta otra verdad» de un ágrafo mercenario (ahora se hace llamar periodista), o a papi y a mami arrojando «verdades» como si éstas fueran chupetes usados y tu boca la de un recién nacido, o a tus amigos simplificando «asuntos fundamentales de la vida» a través de las reveladoras experiencias que les ha brindado el uso de Facebook, a tus clientes y jefes que hieden a papel moneda masticada especulando con el precio del dólar y las «verdades económicas», a la sociedad misma bombeándote aún en tu sueño las tres mil millones de «verdades» diferentes que se jacta de conocer. Pero no me escuchen a mí, sino a Goethe, iluminista alemán si alguna vez lo hubo: «Si los hombres, una vez que han hallado la verdad, no volviesen a retorcerla, me daría por satisfecho». Entonces, ¿es?

Nos dan a elegir entre la cruz o la llama, y ninguna, ni la cruz ni la llama, han «verdaderamente» existido.

Es un llamado a la madurez, pues en nuestra ingenuidad aún creemos que somos dueños de la verdad o que lo seremos en algún futuro, cuando ésta es dueña de nosotros, fetos espirituales, que nos ensuciamos los pantalones ante cualquier muestra de su autoridad.

18 de marzo de 2009

una generación apátrida

Mientras la crisis global se expande a lo largo y a lo ancho del planeta -los chinos, pronto también verán las consecuencias. Tal vez se hubieran avispado de no andar festejando y derrochando por un lado, y apaleando tibetanos por el otro-, y mientras el deshielo polar y el cambio climático son verdades incoultables, nosotros estamos en la nuestra.
Sí, es cierto, de tanto en tanto volteamos la mirada y efectuamos una suerte de mutis compasivo, y gesticulizamos con las manos sobre la cabeza un «¡Ay, no!», y otras tantas observamos los problemas ajenos con cierto desprecio y superioridad, producto de nuestra inferioridad. El ridículo llega cuando, con el mismo ejercicio intelectual, procuramos opinar sobre los problemas que azotan nuestra tierra. La frase más célebre del último tiempo: «El que mata, tiene que morir». La otra, menos glamorosa: «Acá te matan por el pancho y la coca»
¡Cuánta falta de gratitud tiene el argentino hacia sus íconos! Debemos agradecerles por ver el problema mucho antes que nosotros, y por evaluar la situación con la circunspección que amerita, y sin dudas, por velarnos durante éstas, horas aciagas. En verdad, qué posición inmejorable la de volcar grandes soluciones a grandes inquietudes desde una cómoda y remunerativa nube de flatulencias.
A falta de líderes, el argentino promedio se desubica y se agarra del primer poste de luz en medio de su largo y tendido camino a tientas. Con su relincho quejica -«Yo no fui»-, consuetudinario e imborrable, y su lloriqueo inquisitivo -«La culpa es de él»-, su visión se acorta hasta elegir el mejor de los males. Ahora bien, ¿qué sucede cuando el mejor de los males se vuelve uno solo? O mejor dicho, se divide. Así pues, nos hallamos obligados a elegir entre los brutales y asquerosamente ricos productores agrícolas, y los endemoniadamente corruptos magistrados gubernamentales. A no equivocarse: el argentino promedio jamás tomará un bando con entereza; antes aún posee un método mucho más elaborado, que consiste en esconderse debajo de una silla y esperar a que todo se resuelva con la fluidez del azar. Entonces sí, las banderas se agitarán en favor de los ganadores, quienes, en no menos de cuatro años, escucharán el mismo relincho quejica y el mismo lloriqueo inquisitivo que soportaron los perdedores.
Sin embargo, debo decir, la consecuencia es aceptable: la mayoría de las personas destinadas a pensar, a hacer la diferencia, fueron asesinadas y torturadas; y las que no, humilladas para siempre, por la misma manada de lobos arteros que fundó los cimientos de este país. De esta manera, Nietzsche atisba: «Pero se ha creído ver en ellos la grandeza de la naturaleza humana, su divinidad... Todos los problemas de la política, de la organización social, de la educación, han sido completamente falsificados, por el hecho de que se tomaron por grandes hombres los hombres más nocivos, y se enseñó a despreciar las pequeñas cosas, o sea los asuntos fundamentales de la vida»
Si bien a nivel occidental estas palabras son de todo punto comprensibles, a nivel nacional el error se exacerba. Mi amigo, no importa cuánto dinero tengas o a qué clase social pertenezcas, en el fondo eres un tercermundista más; podrás sensibilizarte una pizca, irás a marchas miltitudinarias y te sentirás satisfecho porque has contribuido; pero recuerda siempre, mi amigo, eres un tercermundista más.
Y mientras el argentino promedio siga sin aprehender la palabra «argentino», la crisis global seguirá expandiéndose y el deshielo polar continuará avanzando.